13 de julio de 2017

MISERABLES



Y sales con toda la ilusión acumulada un largo año. Con gente firme, con los amigos de siempre. Con su temperatura ideal, con su cielo limpio, encargado en mil deseos desde que, meses antes, se anuncian las cabañuelas. Con las ganas que como esporas, nos envían los hijos, todavía  niños, que se estrenan en la cita.

Y eso se llama esperanza. Que disfruten y vean lo que a nosotros nos abrió los ojos al milagro de la noche mas hermosa. Que el cielo se comporte conforme a su rango. Que la entrega del testigo sea la insignia más brillante en sus pechos anhelantes de descifrar el misterio. Que las piernas acoplen el ritmo de ansias contenidas. Que nunca olviden, para que siempre perdure este prodigio. Que estalle en ellos la fuerza que nunca perdemos. Que todo salga bien.

Y son conversaciones de ese invierno que nunca parece rendirse y dejar paso. Y son preguntas con una sola respuesta. La única que nos sirvió tantos años antes. Mejor espérate. Y lo verás. Y creerás. Y serás tropa fiel para siempre. Y ves que el reconocimiento que se les da como escoltas, de pronto los hace tan mayores. Buenos hijos. Semilla de esperanza. Legionarios de la nueva Roma. Armaos nuevos de Sevilla.



Por eso, cuando una horda de la peor escoria les pisotea la magia que apenas rozaban. Cuando canallitas sin corazón, vierten la basura de su crianza en lo que iba a ser inigualable escenario, transformándolo en cruel miseria que pudo truncar vidas. Cuando, fríamente, disfrutaron con ensaña de la cosecha abyecta que sus desconocidos padres les sembraron. Cuando gentuza sin alma, se lo pasa de puta madre viendo el dolor, y el horror en personas que no conocen, pero que parecen merecer su cobarde hegemonía. Cuando existen, respiran, y se manifiestan, pues claro, uno como que se cabrea. Y a lo mejor se espera semanas, o meses, para no ser incorrecto en el escrito. Pero que va. Se recuerda, y sigue ahí, doliendo. Y sigue indignando. Porque ya están en la calle los tres o cuatro tarados que se dejaron coger.
Robaron la esperanza , y nos robaron el puente. Hicieron de la noche del mejor silencio, un infame calvario. No pudieron causar mayor dolor, ni les importaba. Y esparcieron angustia. Y hasta aquí, por tratar de ser coherente con lo que creo, hasta podría pensarme poner la otra mejilla.

Pero no os perdono el miedo que vuestras sucias manos llevaron a los preciosos ojos de mi hija. Miserables.

Diego Bernal